Poco a poco, los ritmos del niño se estabilizan; y una vez transcurrido el primer mes, se configuran períodos de sueño más precisos, que coinciden con las horas de la noche.
Aparecen también períodos de vigilia diurna más tranquilos; es decir el recién nacido ya no se despierta para inmediatamente ponerse a gritar a fin de pedir sus necesidades, sino que permanece despierto y tranquilo observando el mundo que lo rodea.
La distinción cada vez más marcada entre sueño y vigilia hace que los padres se planteen la pregunta: ¿cuánto debe dormir el pequeño?
Hay que señalar enseguida que se trata de un falso problema, suscitado más por las ansias de los adultos que por las necesidades reales del niño.
El organismo del recién nacido sano está dotado de mecanismos reguladores que hacen que éste pueda decidir por sí mismo cuantas horas de sueño necesita para recuperar las energías.
Puede decirse, a título meramente indicativo, que:
*entre uno y seis meses, el niño duerme en total de 15 a 18 horas diarias;
*después del primer mes, como ya hemos visto, la frase de sueño nocturno se extiende progresivamente, hasta llegar a las 7-8 horas, y esto todavía se hace más evidente hacia los 3 meses;
*a la quinta semana, el recién nacido suele dejar de llorar por la noche, llegando hacia los tres meses, a despertarse hacia las 5 o 6 de la mañana e incluso más tarde;
*ciertas observaciones parecen demostrar que los recién nacidos, a partir de la tercera o cuarta semana, duermen menos de lo que generalmente se piensa: no superan las 15 o 16 horas al día, y la duración del sueño decrece lentamente para establecerse alrededor de las 13 o 14 horas durante la segunda mitad del primer año;
*a partir del quinto mes, el niño debe dormir de 9 a 10 horas regularmente por la noche.
Por supuesto, estos datos constituyen valores medios y no es correcto ceñirse rígidamente a unas tablas que a veces se redactan sólo con fines de investigación.
Por otro lado, las variaciones debidas a las características individuales son muchísimas, puesto que un niño puede ser más dormilón que otro... o menos.
Por lo tanto, no nos debe preocupar si el pequeño no duerme exactamente como está previsto en las tablas; y no hay que intentar cambiar, ni siquiera a la fuerza, sus hábitos espontáneos.
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